Harto
de escuchar los lamentos procedentes de su círculo de amigos con hijos, Ernesto
Hermosilla, informático, de treinta y siete años y soltero, decidió adoptar una
patata. Todos le advirtieron que la paternidad requería de responsabilidad y
sacrificio y que quizá, alguien pudiera interpretar que no se lo estaba tomando
demasiado en serio. Pero Ernesto lo había meditado concienzudamente. Y aunque conocía
otros casos de adopciones similares, con resultados diversos, Ernesto tenía muy
claro que adoptar una patata era, como cualquier otra decisión en la vida, una
cuestión de sentido común y, sobretodo, de elegir bien la patata. No obstante y
por si acaso, había previsto que si en algún momento llegaba a arrepentirse de
su decisión, siempre podía comérsela y así “reiniciar el sistema”.
Fiel
al mismo espíritu práctico, Ernesto Hermosilla bautizó a su patata con el
nombre de Patata que, consecuentemente,
pasó a llamarse Patata Hermosilla. Y
a partir de aquel momento empezaron las peculiares andaduras de Ernesto como
padre. Patata, que según las tribulaciones de Ernesto, resultó ser patata-macho,
tuvo una infancia plácida y sosegada que transcurrió con relativa rapidez, dada
la asombrosa velocidad de desarrollo de los niños-patata. En aquel periodo, y aprovechando
la visita al huerto de un pariente, Ernesto decidió instruir a Patata acerca de
sus orígenes. No cabe decir que Patata quedó absolutamente fascinado, mientras
observaba toda una hilera de pedacitos de patata sepultados bajo tierra destinados
a producir otras nuevas. «¿Has visto papá?¡las patatas nunca mueren!» exclamó, tras
lo que se apresuró a preguntar «¿puedo probarlo yo?». Ernesto se vio asaltado
por la visión de Patata, tan pequeñito, despedazado y enterrado, y sintió una inesperada
punzada en el pecho. Por lo que la voz paterna de Ernesto emergió en tajante
oposición «¡Ni se te ocurra!. Nada de mutilaciones en esta familia».
Aunque
Patata acató la negativa, aquel descubrimiento resultó ser peor que un virus
informático, ya que inoculó en él la eufórica ilusión de la inmortalidad.
Aquello se convirtió en un desafío constante para Ernesto ya que, con el paso
del tiempo, y no pudiendo dar rienda suelta a sus impulsos, Patata buscó varias
vías de escape encontrando en la filosofía punk, la más pintoresca de todas: se
pelaba la coronilla dejando su carne blanca al descubierto, se clavaba
chinchetas por todas partes y gustaba sobremanera de hacer bromas macabras con
el kétchup. Y cuando Ernesto le recriminaba, él respondía alborozado «no te
preocupes papá, ¡las patatas nunca mueren!». Aquella frase se convirtió en una
especie de lema maldito. Así, mientras Patata se divertía fantaseando con nuevas
formas de auto-inflicción y muerte prematura, Ernesto sufría en silencio las
consecuencias del incondicional amor que ya sentía hacia aquel tubérculo descerebrado
e imberbe.
Al
llegar a la edad adulta las cosas no fueron precisamente a mejor. No contento
con continuar reafirmando su personalidad autodestructiva, Patata se hizo
inseparable del más chorlito de todos sus amigos: Pimienta. No estaba muy claro
si era Pimienta quien incitaba a Patata o al revés, el caso es que tal era la
enajenación que se producían mutuamente que una noche, al llegar a casa,
Ernesto se encontró con una sobrecogedora nota: «Querido papá, ya se que no vas
a entenderlo pero tengo que empezar a perseguir mis propios sueños. Pimienta y
yo nos hemos alistado en la división juvenil del ejército para ser instruidos
en algún país del territorio africano (con convenio des-armamentístico). Te
quiere, Patata». Si dos años antes alguien le hubiera vaticinado el torrente de
lágrimas que iba a derramar por la marcha de una patata, Ernesto Hermosilla lo
hubiera considerado un fatal error
del sistema.
Durante
las tres largas semanas sin noticias que siguieron a aquella nota, Ernesto no
podía pasar por delante del horno sin imaginarse a Patata escondido dentro,
como tantas otras veces, rebozado en aceite y sal, y aguardando el momento para
darle el susto de su vida. Ernesto ya había encadenado un largo rosario de amargas
noches en vela cuando, una madrugada, su pesadilla más temida se hizo realidad:
una escueta llamada de teléfono que lo citaba al día siguiente en el Ministerio
de Defensa. Por lo visto, durante una maniobra de adiestramiento en campo
abierto, Patata rehusó ponerse el chaleco de artillero «¡esta piel curtida no
se pone chalecos!». Ernesto no necesitaba cerrar los ojos para imaginarse a su
hijo, hinchado de juvenil soberbia y profiriendo tamaña estupidez. Finalmente,
Patata se había salido con la suya.
Los
restos llegaron en una pequeña urna sellada y, junto con ellos, se hizo entrega
a Ernesto del único efecto personal de Patata que había sobrevivido a la catástrofe:
su placa militar, donde figuraba la inscripción 018-315/HERMOSILLA, P. Ernesto se la colgó al cuello instintivamente.
No fue necesario que identificara los restos, puesto que Patata era la única
patata alistada en la división juvenil del ejército para ser instruida en algún
país del territorio africano (con convenio des-armamentístico). Así que Ernesto
decidió no abrir la urna. Lo que fuera que hubiese allí dentro ya no era su
hijo. Embriagado por un momento de dolorosa lucidez, Ernesto cayó en la cuenta
de que su amor de padre no le había permitido aceptar la legítima razón de ser
de Patata. En su propio argot: el sistema operativo había resultado incompatible
con la instalación del programa Patata.
Al día siguiente, en la más absoluta intimidad, Ernesto Hermosilla enterró la
pequeña urna en un parterre del parque, tras lo que volvió a una casa que iba a
estar más vacía que nunca.
Siendo
como era un hombre de lógica, Ernesto se esforzó por recobrar la normalidad y
ese mismo día formateó el disco duro: por primera vez en mucho tiempo, cenó patatas
bravas de primero, tortilla de patatas de segundo y, de postre, panellets de supermercado. Pero aquello solo
le reconfortó levemente. Como era de esperar, esa primera noche Ernesto tampoco
lograba conciliar el sueño. No dejaba de preguntarse si podría haber evitado aquella
tragedia. Absorto en sus pensamientos y arropado por la oscuridad y el
silencio, Ernesto se llevó la mano al pecho y reparó en la presencia de la placa
que seguía colgada de su cuello. La sujetó entre sus dedos y pasó la yema del
índice con suma delicadeza, reconociendo la superficie grabada con la
inscripción. Pero de pronto, algo que le había pasado inadvertido aquella misma
mañana, llamó la atención de la yema de su dedo pulgar: el reverso de la placa
también estaba grabado. Azuzado por la curiosidad y la falta de sueño, encendió
la luz de la mesilla y acercó la vista tanto como pudo. Burdamente grabada con
algún objeto punzante, tal vez una chincheta, sobre el reverso plateado podía
leerse: «LAS PATATAS NUNCA MUEREN». En pocas décimas de segundo, aquellas
palabras resetearon la mente del ya
de por sí aturdido Ernesto.
Todavía
con restos de panellet entre los
dientes, Ernesto saltó de la cama. Se
vistió de un zarpazo y salió de casa con el corazón al galope. Se adentró en la
densa oscuridad del parque. Hincó las rodillas sobre la tierra húmeda de los
parterres, hundió los dedos en ella y escarbó con desesperación. No tardó en
dar con la diminuta urna. En cuanto viera su contenido sabría si quedaba
esperanza. Y es que, después de todo, Ernesto no iba a dejar escapar aquella
segunda oportunidad. El sistema operativo estaba listo para la instalación de Patata 2.0.